HASTA LOS MUSLOS DEL RÍO

Llueve la noche en mis senos
sus olores a jazmines.
¿Cuántos mojados jardines
de silencios, están llenos.?
Se despiertan los venenos
aferrados al vacío,
y se desviste el rocío
cuando el sudor de la nube
en una caricia sube
hasta los muslos del río .

Hoy tenemos una cita
con alas en la cordura,
la playa de mi cintura
hace una ola que grita.
En un vaivén que se agita,
la humedad suspira breve
en el azul que se atreve
cuando al hundirse en mi boca
el horizonte le toca
las orillas donde llueve.

© Lázara Nancy Díaz García

 

LA SOMBRA

Donde nace un poema
nada
debe morir…

LA SOMBRA

No dejes que otras manos te hablen por las mías,
que los labios del tiempo rocen tus mejillas.
¡que tus ojos se deslumbren
ante otra sonrisa!

No permitas que otra voz arrulle
los sueños que tu mente
guarda,que otro abrazo se duerma sobre tu espalda.

No dejes que la brisa de la mañana, recorra tu piel
y en cada poro,se enjugue la pasión de nuestras ganas.

No te arriesgues a dejar los besos donde alguien los dibuje en su memoria,
no pronuncies palabras,
¡no lo hagas!
ni un suspiro se escape de tu boca,
ni una sola caricia de tu alma.
No camines bajo el sol,
te lo suplico,
envidio su calor sobre tu cara.

No te duermas sin mí
estoy llegando,
soy la sombra que a tu cuerpo va aferrada.

© Lázara Nancy Díaz García

 

MUJER ANÓNIMA

Muere una mujer oculta
en el marco de una foto.
Hablan sus ojos. Se ha roto
una lagrima. Sepulta
la mirada que se insulta,
de algún capricho que inmola
el sollozo de una ola
que se rompe en la mejilla,
mira al cielo, se arrodilla,
vuelve al marco, y sigue sola.

Vuelve al marco, y sigue sola,
mira al cielo, se arrodilla,
que se rompe en la mejilla
el sollozo de una ola
de algún capricho que inmola
la mirada que se insulta,
una lagrima sepulta.
Hablan sus ojos, se ha roto
en el marco de una foto,
muere una mujer oculta .

© Lázara Nancy Díaz García

CUANDO ERA NIÑO Y NADIE LO NOTABA

Cuando era niño
y nadie lo notaba,
ya amanecían gorriones
colgados de los aleros.
Se declararon listos
los adornos necesarios
para hacerme triste.
Madre, y padre,
eran como mentiras de nube,
interrogantes escritas
en los cabellos de aquella temporada
del árbol suicida
que enredó en los silencios la melancolía de diciembre.
Vengan a soñar conmigo
entre estos toros y caballos
que mastican la grisura
que baja por el lago de la memoria.
Vengan a soñar conmigo,
a descubrir el nombre paterno
que salta en un pez
que se enreda en los contornos
de este recuerdo descalzo,
vengan, que sigo sin aprender
como no hacerme triste.

©Jesús Álvarez Pedraza